jueves, 27 de octubre de 2011

El privilegio de la luz...

 
 Ésta se capta en la mirada fija de estos niños hacia los puntos de irradiación de luz, sea el fuego o los focos luminosos, en el seguimiento de la trayectoria de los rayos del sol y la sombra proyectada, en la atracción que ejerce la luz reflejada en la transparencia de los vidrios, produciendo manchas o contrastes de luz-sombra.
Es correlativa a estas manifestaciones la particularidad de la mirada de estos niños, una mirada vacía, al infinito, en un punto ausente, a veces esquiva, no dirigida al otro. Mirada que se presenta como ojos, que parecen no ver. Subrayemos la relevancia de las superficies que reflejan - en relación a lo significante de las representaciones -, la percepción de la oposición de luz y opacidad, y esa singular mirada. Esta configuración de superficies, reflejos, y mirada nos permite tratar estos efectos de luz en el marco de una intervención orientada a la construcción de lo imaginario.
Un efecto de esta ausencia de reflexión de la imagen se manifiesta en esa fijeza de la mirada hacia los reflejos luminosos.
Para la construcción de un mundo como imagen es necesario por un lado diferenciar lo perceptivo de lo que llamamos imagen por un lado y por otro lado, la imagen de lo visual, ya que la imagen no es visual. Una imagen localizada en el espejo, es la reflexión de una imagen en sí. El espejo es una máquina de reflejar, pero su función en el modo humano de representar, es la de un instrumento de división, de separación entre la imagen y lo que no adviene ahí.
Donald Seltzer - psicoanalista inglés- caracterizó el mundo del autista como un mundo de superficies, unidimensional, ligado a percepciones sensoriales, sin integración ni estructura. Esta falta de unidad que nombró como “desmantelamiento” puede ser considerada equivalente a la ausencia de la constitución de la imagen del yo.
En estos niños la imagen virtual que se presenta en otro plano - el espejo- no tiene lugar. La ausencia de esa imagen que unifica, los reduce - en muchos casos- a una forma amorfa.


Maríagomez

viernes, 21 de octubre de 2011

Hallowenn

Los vemos en el patio, corriendo por los pasillos, casi siempre perseguidos por uno de nosotros. Los vemos escaparse, saltar, llegar hasta el final del jardín para simplemente dar la vuelta y seguir corriendo. Los vemos llegar al fondo del pasillo y tocar la pared, dar grandes saltos que hacen retumbar el suelo. Algunas veces esos golpes son sobre una puerta, o una ventana que estalla en añicos.

Montones de veces he escuchado sobre ellos decir que “tienen un demonio dentro”. Y creo que algo de razón tienen. A ese demonio, yo lo llamo angustia; lo malo es que ellos no saben como llamarlo. No pueden ponerle un nombre, ni una cara. Esta mañana, viendo un anuncio sobre Halloween, pensaba en lo afortunados que somos al poder relativizar nuestros miedos de esa forma, poder ponerles la cara de un lobo o un vampiro, la luz de la noche o el ruido de una puerta entreabriéndose. Todo eso nos ha ayudado a desdramatizar la intensidad de esa emoción. También ayudaba mucho el hecho de poder anticipar las cosas, de saber lo que nos esperaba, y de jugar en un entorno seguro y familiar;  jugando a dejarnos atrapar, a darnos sustos o al escondite, hemos jugado a tener miedo.

Pero ellos no. Su demonio, su miedo, su angustia, permanece dentro sin que ellos sepan quien es, ni detrás de que puerta se esconde. Y entonces corren, golpean, se muerden, buscan los límites todo lo fuerte que pueden, para sentir solamente las sensaciones que esas acciones les provocan, y de esa forma no sentir al fantasma que no tiene nombre y que no está en el mundo de lo físico. 

¿Qué sería mejor entonces? Podríamos pararles en seco, juntar sus manos al cuerpo y paralizar su movimiento. O, tal vez,  podríamos acompañarles, transformar su movimiento en un juego en el que tienen que dejarnos entrar. Podríamos enseñarles nuevos movimientos que les sorprendan y les abran a nuevas sensaciones. Y día a día, podríamos crear para ellos un entorno seguro y predecible, en el que no hay fantasmas detrás de las puertas.

Nuria Arce

Quería compartir cómo me sentí hace unos días...


Hola, quería compartir cómo me sentí hace unos días. Había una vez una alumna que no hablaba ni se comunicaba de ninguna manera, se metía las manos en la boca de forma obsesiva, no me miraba, no seguía objetos con la vista, andaba inestablemente y con rigidez.  Al conocerla asumí un reto personal: al quedarme sola con ella, sin ruidos ni distracciones me pude dar cuenta que la niña, muy bajita y yo muy alta, sólo veía mi barriga. Hice algo sencillo: me agaché y la miré. Ella no hacía lo mismo. Empecé a escuchar sus sonidos, su respiración. Decidí imitarla. Entonces tomó conciencia de que yo estaba allí, a su lado: Durante quince minutos no apartó su mirada de la mía. Se reía, yo también, ella lo hacía más aún. Yo paraba: ella también. Movía mi cabeza y ella me seguía. Comencé a hacer ruídos con mi cara, respiraba, tosía, cantaba, soplaba y la pequeña me miraba. Entonces cambiamos de postura y la mecí en mis brazos. La coloqué cerca del corazón para que escuchara. No dejó de mirarme. Después nos tumbamos de lado, cara a cara y puse sus manos agarrotadas sobre mis mejillas. Empecé a mover mi boca. Ella no dejó de mirarme. Al quitar mis manos de las suyas ella no se movió, continuó ahí. Sus manos no estaban en su boca sino que reposaban plácidamente sobre otra piel que, de alguna manera, le transmitió una sensación agradable. Ese momento de conexión, de miradas entre cruzadas, han hecho que cambiara totalmente mi percepción. Cómo nos llevamos dejar por las primeras impresiones y por nuestras expectativas. Conectamos durante más de treinta minutos. Fue algo maravilloso. Tengo muchísimo que aprender pero esto que he vivido me motiva másy más. Me enseña lo especial que es mi trabajo...


 Guadalupe Ferrera Castillo

miércoles, 12 de octubre de 2011

La vista

Tras años de trabajo el sentido de la vista sigue siendo el gran ganador. Gran parte de las intervenciones que realizamos no sólo lo tienen en cuenta sino que se convierte en el primero de la clase, el más reconocido. Poco o nada sabemos sobre las Teorías de la Integración Sensorial. Poco o nada se valoran los mapas corporales, los niveles de conciencia que nos producen el poner en marcha el tacto, el gusto, el olfato, el oído... Una vez, escuché algo que no puedo parar de recordar:  "el sentido del tacto es lo primero y lo último que mantenemos al comenzar o finalizar una vida". Tocar es sentir. Pero si al tocar nuestro cerebro procesa sensopercepciones negativas ¿no nos llevará eso a alejarnos más del mundo que nos rodea? Muy habladas son las fobias: al agua, a los alimentos, al ruído. Me pregunto si evitarlas hará que nuestro alumnado mejore, conecte, desee salir de ese micro cosmo. Tal vez sería mejor trazas puentes para protegerles de un futuro de angustia ante una ducha, un almuerzo, un paseo. Anhelar una escuela que atienda los diversos sentidos que poseemos no es una utopía sino una necesidad. Valorar si existe una vista que no está vestida de realidad sino que son dos ojos vacíos de sentido. No por ampliar fotografías, paneles, materiales distintos adaptamos y conseguimos nuestros objetivos como docentes. Así no colaboramos en mejorar la atención, la percepción o la memoría, tan mañidas mañidas en informes, sino que dedicamos el tiempo y nuestro esfuerzo a la nada. Y olvidamos que, muchísimo antes de ver,  nuestra piel fue la que hizo que nos sintiéramos vivos.

Desimulagomez

sábado, 8 de octubre de 2011

Con los zapatos al revés



Cuando estoy en mi centro junto a los niños miles de imágenes pasan por mi mente, intento ponerme en la piel de ellos, intento saber qué es lo que piensan y sienten. Todo queda en un intento porque realmente nunca podré saber qué es lo que pasa por sus cabecitas. Aquí queda el resultado de ese intento:

"Ahora me vuelvo a encontrar en ese espacio grande en el que me pierdo a menudo, aquí hay otros que se mueven, incluso me rozan, hacen ruido, hablan un idioma que apenas entiendo, a algunos ni siquiera los veo. Es septiembre u octubre, mi cabeza no lo sabe, pero creo que a los que están en el otro lado les interesa eso de tener controlado el tiempo y los tiempos, no saben que el mío tiene un ritmo más inestable, un ritmo que muy pocos de ellos llegan a entender y considerar.

Cuando esto ocurre, cuando no respetan mi tiempo y mi espacio, cuando las voces y las luces son tan fuertes que marean, la angustia se hace conmigo, me muerdo, pellizco e incluso golpeo. De esta forma me encuentro de nuevo conmigo mismo, materializo el dolor que no me deja descansar y desconecto de esos estímulos terribles.

A veces quedo prendado con alguna sensación (una luz, un objeto, una textura) y puedo tirarme horas entorno a ella meciéndome de un lado a otro. Casi siempre hay alguien que me llama desde el otro lado y rompe ese círculo. Ese alguien suele tener el mismo timbre de voz cada día y huele a gel de aloe vera. Ese alguien a veces me pone los zapatos al revés porque es muy despistado, eleva la voz cuando se enfada y enseguida se arrepiente. Ese alguien me mira desde lejos intentando analizar el porqué de lo que acabo de hacer. Ese alguien propone y dispone mi jornada de nueve a dos de la tarde y a veces me saca de mis casillas, es agotador sentirlo cerca cada día. A ese alguien que lleva algunos años a mi vera apenas lo conozco, casi no sé si existe, a lo mejor fue una sensación que ya olvidé. 
Mañana quizás lo vuelva a recordar."

Carmen Hidalgo

jueves, 8 de septiembre de 2011

Otro comienzo



Estimada y desconocida tutora:

      Ya queda poco para volverme a enfrentar, otro año más, a la incertidumbre, a los desasosiegos de cada curso. El curso pasado no fue malo para nosotros y me da pereza volver a empezar de nuevo. Mi hija va a cumplir 16 años y está en el centro desde los 6. En todos estos años han pasado por su vida muchos profesionales, demasiados. Algunos muy competentes, otros no tanto. La mayoría por no decir todos con buenas intenciones y escasa experiencia. Para colmo no sé si seguirá con los mismos compañeros o por fin cambiará de clase como propuso su tutora del curso pasado (que por cierto no estará en el centro porque era interina o algo así y la mandan a otro sitio). Esos líos administrativos no los entiendo. 

      A veces, medio en broma, mi marido y yo jugamos a adivinar el tipo de maestra o maestro que será. ¿Querrá decirme lo que tengo que hacer para que mi hija no tenga "problemas de conducta" como si yo fuera nueva en esto y no supiera nada? ¿Será como aquél que me decía que mi hija era muy floja porque no quería hacer las fichas? ¿O como esa que quería que me llevara a la niña del cole porque estaba muy nerviosa?. 

      También recordamos a las personas que supieron ayudarnos en la educación de nuestra hija, las que nos escucharon sinceramente, nos dieron su opinión y respetaron la nuestra. No nos hicieron sentir culpables sino acogidos cuando nuestra niña montaba una pataleta o no quería hacer alguna actividad. Las que nos explicaron porqué actúa así nuestra hija pero no nos culparon de todo sino que nos orientaron para avanzar.

       Esa es la tutora que quiero para mi hija. Comprendo que estoy un poco quemada con el tema pero son demasiados cambios, demasiada gente con muchas ganas pero muy poca experiencia en el trato con los padres. En la carrera deberían estudiar más sobre este tema porque los padres de niños especiales necesitamos orientación, apoyo y comprensión. Yo no opino sobre temas técnicos pero sí quiero estar informada y recibir orientaciones útiles para el día a día. 

     Al centro le pido que garantice la continuidad del trabajo de otros años y que yo sepa antes de empezar el curso dónde y con quién va a estar mi hija.
      
       A los padres les pediría  que se expresen, que hablen, que pidan ayuda si lo necesitan y que intenten colaborar con los profesionales que atienden a sus hijos, porque así podremos todos aprender unos de otros y evitar las dudas que tienen algunos padres sobre la atención que sus hijos reciben el el cole.

Carmen Benavente

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cuando nadie me ve...


Cuando nadie me ve puedo ser o no ser, pero cuando llego a una consulta siempre soy el mismo, un personaje con una etiqueta que se ve fragmentado y el de enfrente me intenta recomponer. El desconocimiento es tan peligroso como un avanzado conocimiento que todo lo justifica, y os olvidáis que somos niños que un día nos paramos por circunstancias que solo justifican nuestras patologías, y en algunos casos ni eso, y que seremos niños durante mucho más tiempo que ningún niño. Nuestro DNI engaña, porque marcamos una edad de nacimiento y otra de acciones, llamada madurez, que registra que necesitamos jugar, achuchar, ser queridos, rodarnos, experimentar, caernos, llorar y reir… Cambiamos las experiencias de la vida por una apretada agenda de especialistas o terapeutas que aconsejan a nuestros papás que se conviertan en una prolongación de ellos mismos, es decir, que por si la terapia se queda corta que la continúen en casa.  ¡Ufff! ¡Qué tedio!

Creo que deberíamos llevar una lupa para ver lo que se esconde detrás de lo que creemos ver. Un cristal que nos ampliara las patitas de las hormigas del césped, las raíces de las plantas, mis giros y volteretas. Pero no existen lupas para escudriñar mis sentimientos y ver qué habita tras mis gritos, mis llantos o mis risas. Esos impulsos feroces que me fuerzan a elegir un camino u otro, y en plena confusión, me obligan a tomar decisiones. Como la de elegir un color u otro, un juguete u otro, a papá o a mamá. Me pregunto por el impulso que nos lleva a elegir ir al patio por el pasillo de la izquierda o por el de la derecha, cuando las indicaciones son las mismas. Volver atrás, desandar lo andado, buscar un cambio de sentido para regresar donde se desdobla el camino es algo que se os olvida a los mayores, decidir en definitiva, crecer mirando hacia adelante y por caminos alternativos.

Mariagomez

martes, 6 de septiembre de 2011

Aprendizaje en movimiento


"¿Cómo puede ser esto así?"
"¿Es posible que un parque infantil haya este tipo de material?"

       Sí, convéncete, lo que tus ojos están viendo no es producto de tu imaginación, es real. En esta ciudad centroeuropea, en los parques públicos, en esos en los que los niños pasan tardes jugando hay conos giratorios, plataformas, camas elásticas y barras con el suelo desnivelado. Materiales dirigidos a la estimulación a través del movimiento (estimulación vestibular científicamente hablando): giros, volteos, rotaciones, cambios de sentido, equilibrio,...Todo ello para facilitar el descubrimiento y el control del propio cuerpo tan necesario en edades bien tempranas.


   
      Antes este tipo de conocimientos los adquiríamos inconscientemente tirándonos por cuestas, subiéndonos a árboles, rodando por el suelo. Ahora en las ciudades, incómodas y llenas de peligros, los espacios para los niños son pequeños, pocos y están mal equipados. El cambio del estilo de vida de la sociedad no ha asumido la transformación de las estructuras, lo que ha limitado el desarrollo de ciertos aprendizajes, sobre todo los relacionados con el cuerpo y el movimiento. Niños que cada vez pasan más horas en el interior sin hacer ningún tipo de actividad física, niños que, con o sin discapacidad, verán mermado su desarrollo psicomotor en cada una de nuestras ciudades.

          Miremos atrás y parémonos a reflexionar por un instante qué habría sido de nuestra infancia sin unos leotardos rotos, sin unas piernas llenas de rasguños, sin los chichones causados por locas carreras en cuestas imposibles,...La infancia necesita más que nunca de todos esos accidentes, de esos espacios y materiales. No limitemos más el desarrollo de los pequeños, ya es hora de ponerse a correr, saltar, girar,...

Carmen Hidalgo